Hola hola, pequeñuelos.
Espero que hayáis pasado un buen puente, lleno de siestas, comilonas y ratos muertos en general.
Hoy voy a hablar de los paletos mentales. No me refiero a gente que no ha tenido la suerte de viajar, o de vivir en un sitio moderno, ni nada semejante.
Hablo de gente que lo mismo puede nacer en Nueva York que en Villaconejos de Arriba. Que puede haber visitado los cinco continentes antes de cumplir los 30, o no haber salido de su provincia a los cincuenta.
El paleto mental es ese que ve normal que su tío se flagele en las procesiones de semana santa, pero si ve por la tele que otra gente (de otra religión, de otra raza, de otro sitio), hace lo mismo, gritará a los cuatro vientos que se trata, sin duda, de una gente bárbara y a la que valdría la pena reeducar.
El paleto mental puede descubrirse en cosas como ésta, pero donde no tendremos duda alguna es en un viaje.
Si visitamos, por ejemplo, un país europeo, en el que se desayuna a las ocho, se come a las doce y se cena a las seis, el paleto mental tendrá un berrinche cada vez que alguien le sugiera seguir el horario local. No importa que lo único abierto después de las ocho sea una hamburguersería. El paleto mental quiere cenar a las diez. Claro que, en cuestiones de comida, la hora no es lo que más le preocupa. Su verdarera cruzada es más bien "qué" comer. No quiere nada que no se paezca a una tortilla de patatas, una paella, o como mucho una pizza, a ser posibles como las que hace su mamá.
Este entrañable personaje no está interesado en conocer culturas, antiguas o presentes, que se alejen de la suya. A menos, claro que lo haya visto en una película. Así podemos encontrar gente que se indigna al llegar al coliseo, gente que se siente estafada, porque desde luego esa ruina no tiene nada que ver como lo que salía en Gladiator (lo juro, lo vi). Eso sólo demuestra que los libros de Astérix deberían ser obligatorios en la Educación Primaria
O gente que cruza un océano, cambia de continente, llega hasta el Caribe y no sale del hotel en una semana, para a su vuelta comentar "sí, sí, el caribe es muy bonito, pero no hay nada que ver". Eso también lo he oído. Y claro que tenía razón, al fin y al cabo por ahí sólo hay restos de un imperio, con sus pirámides y sus templos. No pretenderéis que salgan del hotel para ver semejante cosa.
Es fácil reconocer al paleto mental de viaje: ése que arruga la nariz ante todo aquello a lo que no sabe poner nombre. Ése que espera que todo el planeta hable su lengua natal. Ése que tiene asumido que cualquier cultura que no sea la suya es, por definición, inferior. Y por lo tanto debe ser rescatada con coca-cola y ropa occidental.
En fin, me ponen de los nervios los paletos mentales cuando van de viaje. Y me dan miedo (pero mucho) lo que ni siquiera van de viaje. Sobre todo porque están repartidos por el mundo, y muchos tienen más poder del recomendable (para la salud del planeta).
Y qué a gusto se queda una, después de despotricar. Feliz regreso, pequeñuelos. Cuidado con el coche.
Nadj — 02-11-2005 00:54:42
Ediciones Resaka — 02-11-2005 09:02:17
Fizban — 02-11-2005 10:57:04
Genadie — 02-11-2005 14:01:01
Ari — 03-11-2005 12:14:18
Genadie — 03-11-2005 16:07:21
crispa — 03-11-2005 16:52:04