Nos encontramos a alguien, a quien hace tiempo que no vemos. Podemos solucionar el encuentro con un "qué tal", que no significa "qué tal estás", sino "te he visto, te he reconocido, te muestro un mínimo de aprecio y por tanto te saludo". Preguntar qué tal es sólo una fórmula de saludo, viene a ser una muestra de educación.
Cuando nos encontramos a alguien más más cercano, muchas veces preguntamos "¿qué has hecho estos días?". Por las noches, al llegar a casa, podemos preguntar "¿qué has hecho hoy?". Y entonces nos embarcamos en una enumeración de hechos, viajes, exámenes, cenas, clases, trabajo...
Pero eso no es lo que queremos saber. O no es en lo que deberíamos fijarnos. Los hecho son casi irrelevantes para saber cómo ha estado el otro.
Por ejemplo, recuerdo un día horrible que tuve hace unos años. De estos de paren el mundo, que yo me bajo. Ese día salí de casa por la mañana, y estuve todo el día haciendo cosas. Y claro, todo salía mal o se torcía. En realidad, estoy segura de que no salió mucho peor de lo normal, pero esa vez me afectó más, porque yo estaba peor.
Al día siguiente quedé con mis amigos, y me puse a contar todo lo que había hecho el día anterior llena de entusiasmo. No mentí. Lo único que hice fue contar cosas que había hecho el día anterior, omitiendo cómo me sentía mientras las hacía. Y parecía ser un buen día, o al menos uno normal.
Lo que quiero decir, aunque dando muchas vueltas y explicándome mal, es que si queremos saber de verdad cómo está una persona, tal vez no deberíamos preguntar qué ha hecho, sino qué ha sentido. Me sentí mal por la mañana, me alegré cuando tal, estoy hastiada... esas cosas.
¿Que un oyente atento puede notar eso en la clásica enumeración de hechos? Supongo que sí.
Pero, ¿cuántas veces pasa que empiezas a contar algo que te ha pasado, y tu público lo entiende de forma completamente diferente? Uno dice: estarás triste (y no, estás enfadado, furioso); otra supone: qué divertido lo que hiciste ayer (tu nunca te aburriste tanto).
Lo vemos todos los días en los blogs. El autor cuenta lo que ha hecho, o lo que le ha pasado hoy. Los comentarios dan interpretaciones totalmente distintas sobre cómo le ha afectado la historia. Por eso son interesantes los comentarios, claro.
Es normal que no nos entendamos hablando de hechos, porque todos tratamos de ubicar esas acciones en función de nuestro mundo, de nuestro marco, o del que suponemos es el del que habla. Pero los sentimientos son irracionales, y tenemos pocas posibilidades de acertar, suponiendo con lógica, si nuestro querido amigo está hundido, aburrido o indiferente.
Uf.
Menudo rollo confuso os he soltado, intentaré resumirlo a modo de conclusión: Lo que más nos afecta no es lo que hacemos a lo largo del día, sino lo que sentimos. Aunque no sea por algo que hagamos, sino por una hoja seca que nos conmueva, o un pensamiento liberador que asalte nuestra mente.
Eso es lo que pensaba, que hacíamos la pregunta equivocada. Después he leído el post de ayer de Ediciones Resaka, y he caído en la cuenta. No queremos saber cómo se han sentido. Nos importan, les queremos, pero casi nunca queremos acercarnos tanto. Decimos que queremos sinceridad, pero sólo de cosas neutras. Porque los sentimientos de otros nos rebotan, nos afectan.
Así que preferimos quedarnos con la información neutra, con el café que se cayó, el partido de fútbol y la película que se ha visto.
Ediciones Resaka — 18-01-2006 09:12:50
crispa — 18-01-2006 11:49:28
Fizban — 18-01-2006 17:06:03
Ari — 18-01-2006 20:02:47