No tengo palabras. No puedo escribir palabras que revoloteen. Que floten en el aire como una armónica. Palabras que floten antes de precipitarse en ese preciso momento -y sólo en ése- en el que entra la guitarra haciendo vibrar los altavoces. No tengo frases que me salten las lágrimas sólo con asomarse, como la voz de John Lee Hooker.
No hablo de describir música. No se trata de eso. Se trata de hacer sentir. ¿Acaso no es por eso por lo que escribimos? Para que otros sientan. Y por mucho que pulamos nuestras frases, nunca llegarán a donde llega la música. Podemos hablar de la armonía y de estar en paz con el universo. A lo largo de frases, páginas, capítulos. Y nunca será como una sinfonía.
Podemos hablar de dignidad en la derrota, podemos citar la letra de una canción. Pero nunca será igual. Intentamos entonces evocar la canción, describimos la melodía y proporcionamos al lector incluso el disco y el número de corte. Pero no es igual. Ni siquiera Boris Vian me hizo escuchar Chloé, de Duke Ellington. Por mucho que desgaste el teclado, nunca describiré el principio de Smoke on the water.
¿Sonidos simples? Puede ser. El chirriar de una puerta y el maullido lastimero de un gato traicionero. Podemos jugar con las palabras, que las erres y las emes retumben en los oídos del que nos lee, le hagan ver la marcha de un ejército con botas de metal. Ni aún así tenemos garantías de éxito, ahora que ya nadie lee en voz alta. Pero es posible, podemos transmitir el silbido de un tren y el vacío que deja un portazo.
Pero la música... La música es superior a las letras. La música son cuatro voces, veinte, cincuenta. El lápiz tiene sólo una. El ritmo puede forzarse con palabras, ahí está la poesía para demostrarlo. Lista para que llegue una ignorante como yo, que no sabe recitar, y destroce ese ritmo formado con trabajo.
No podemos igualar a la música. A la buena música, me refiero. No sirve de nada hablar y hablar y hablar sobre el tema que nos deja sin aliento. Está por encima de nosotros.
¿Y los otros sentidos? ¿Podemos evocarlos, recordarlos, superarlos o al menos explicarlos? ¿La vista, el olfato? Eso es lo que me pregunto en esta serie de seis posts. Éste fue el primero.