Es curioso, pero cuando pienso en escribir sobre sabores, lo primero en lo que pienso es en el sonido del chisporroteo de un sofrito en la sartén, en el ploploplop de la pasta cociéndose y en la imagen del vapor subiendo en espirales de una cazuela.
Centrémonos, se trata de describir sabores. Creo que podré. La prueba es que no hay modo de pasar por Charlie y la fábrica de chocolate sin relamerse, por un libro de Los Cinco sin que te entre un hambre atroz, o por Como agua para chocolate sin salivar.
Podemos evocar los sabores que conoce el lector, sin duda. Y no sólo el sabor, sino la sensación que conlleva. Como la de la cervecita fría, en una terraza de Lavapiés. Sintiendo las gotitas minúsculas de agua en los dedos y la espuma en los labios. Mirando de reojo el ritmo al que se la beben tus amigos, no sea que te ganes fama de borracha o tengan que esperarte para pasar al siguiente bar. Discutiendo sobre lo divino y lo humano mientras vas aligerando el peso de la copa.
O un buen guiso caliente y casero, en invierno. Esas comidas familiares cuando truena fuera, y lo único que se oye dentro es el roce de las cucharas. Ni una palabra, mientras sientes como el caldo tibio te devuelve la vida, las alubias se te deshacen en la boca y notas de fondo el sabor fuerte del chorizo de rigor.
Por no hablar, claro está, de esa terrible tentación para cualquiera que haga postres. Cuando ya has mezclado la mantequilla con el azúcar (dejándote los bíceps en la tarea), añadido la harina que cae, suave, desde el tamiz, y mezclado con los huevos y el chocolate. ¿Puede alguien resistirse a probar la masa, elástica y tierna? ¿A rebañar el bol después de verter la masa en el molde, y meterlo al horno?
Así que creo que sí, es posible describir un sabor con palabras. Con dos peros.
Uno, sólo tendremos éxito si el lector sabe de qué le hablamos. Puedo describir el tono dorado de la tortilla de patata, la textura cremosa por dentro, firme por fuera. Pero si el que me lee no ha visto una tortilla de patata en su vida, mal vamos. Lo mismo si leo sobre sopas japonesas o frutas tropicales que no sabría reconocer en el supermercado. Pero podemos acercarnos, que ya es algo.
Dos, la comida es más que un sabor. Hay que hablar de muchas cosas, para poder describirla. Pocas cosas son tan sencillas como el sabor metálico de la sangre. Necesitamos mencionar el color de la salsa, la textura del pescado, el olor del pan en el horno, el sonido de la carne sobre la plancha caliente, y si podemos añadir el lugar en el que se come, la compañía y como en la cocina, algo de mimo, ya es perfecto.
Otra cosa es que el que nos lea sea de esa gente que no disfruta comiendo, se aburra con los detalles, y casi prefiere que en vez de hablarle de cómo se derrite el helado sobre un bizcocho de chocolate caliente, esponjoso y oscuro, digamos que tomaron postre. Pues bueno, ellos se lo pierden.
Dicho esto, me voy a merendar.
ari — 11-08-2006 18:06:57
crispa — 14-08-2006 10:54:55
muffin — 14-08-2006 19:37:18